
Un domingo de mayo en Versalles
Un domingo por la mañana en mi apartamento de Versalles, con la luz entrando por la ventana y el himnario abierto en una página gastada, me di cuenta de que finalmente mis dedos no temblaban al tocar el primer acorde de Do mayor. No es que fuera un concierto, ni mucho menos. Afuera se oía el ruido suave de los pocos carros que pasan por aquí los domingos y el ventilador de techo girando con ese ruidito rítmico que ya ni noto. Pero ahí estaba yo, sola con el piano, logrando que el sonido no se cortara entre una nota y otra. Es una sensación extraña cuando algo que siempre viste de lejos, desde las bancas de la iglesia, empieza a salir de tus propias manos.
Crecí rodeada de música, pero siempre fui la que cantaba. El piano era ese mueble imponente que tocaban los adultos o los muchachos con un talento que me parecía inalcanzable. Mi abuela tenía un piano vertical viejo, de esos que huelen a madera guardada y a partituras amarillas, pero yo solo me acercaba a hundir las teclas sin orden. Ahora, a mis 34, trabajando como editora freelance entre textos técnicos y correos de traducción, sentí que necesitaba un espacio donde las palabras no mandaran. Por eso, un sábado de principios del año pasado, terminé en el almacén de instrumentos del centro comprando mi Casio. Recuerdo que me sorprendió que pesara solo 10.5 kilogramos; lo pude acomodar junto a la mesa del comedor sin tener que mover todo el apartamento.
No busco ser concertista. Mi meta es simplemente poder acompañar esos cantos que me sé de memoria desde los ocho años. Es una forma de organizar el silencio de la casa cuando termino una entrega difícil. A veces, después de pasar horas corrigiendo un manual de instrucciones aburrido, me duelen los hombros y siento la vista pesada. Me siento frente a las 88 teclas y, aunque solo sea por veinte minutos, el mundo se reduce a encontrar la distancia justa entre el pulgar y el anular.
El cancionero como primer maestro
Mucha gente dice que hay que empezar por las escalas, subiendo y bajando como un robot hasta que los dedos se acostumbren. Pero yo, con el tiempo contado entre un contrato y otro, decidí ignorar eso. Mi ángulo es distinto: olvídate de aprender escalas primero; empieza directamente tocando los acordes de tus himnos favoritos para desarrollar oído armónico antes de frustrarte con la teoría técnica. Los himnos antiguos tienen una ventaja enorme y es que están escritos en un formato que llaman SATB (Soprano, Contralto, Tenor y Bajo). Eso, para alguien que está empezando sola en casa, es como tener un mapa del tesoro simplificado.
Varias noches de martes, cuando la ciudad se calma un poco, me quedo mirando cómo las notas de la mano derecha (la melodía que todos conocemos) se apoyan en las del bajo. Al principio me frustraba porque quería tocar todo a la vez. Pero luego entendí que si solo tocaba la nota más alta y la más baja, ya tenía la estructura del himno. Es como traducir un párrafo difícil: primero entiendes la idea principal y luego te preocupas por los adornos. Al usar el cancionero como material de práctica, no siento que estoy haciendo ejercicios, sino que estoy construyendo algo que ya vive en mi cabeza.
Después de unos tres meses de este ritmo dominical, empecé a notar que la estructura de los himnos es en realidad un curso acelerado de armonía. Casi todos siguen patrones parecidos. Si aprendes cómo se mueve un himno en Sol mayor, ya tienes medio camino hecho para otros diez. Mi gato suele sentarse en la silla de al lado a mirarme, o a veces se sube directamente sobre el cancionero justo cuando voy a pasar de página. Me toca negociar con él un espacio para poner el atril de metal. Esos momentos, con el café ya frío sobre un posavasos, son mi verdadera escuela de música.
La mecánica del silencio y el peso de las teclas
Mi Casio CDP-S110 no es un piano de cola, claro, pero tiene algo que llaman teclado de acción de martillo a escala II. Para alguien que no sabe mucho, eso solo significa que las teclas no se sienten como plástico fofo, sino que tienen un peso real, algo que te devuelve el golpe. A veces, en el silencio de mi sala a media tarde, lo único que se escucha es el sonido seco del pedal de plástico golpeando el piso de baldosa. Es un 'clac' rítmico que me recuerda que todavía me falta delicadeza en el pie izquierdo. Pero me gusta esa tosquedad, me recuerda que estoy aprendiendo algo físico, no digital.
Hacia finales del mes pasado, tuve una semana especialmente pesada con una traducción técnica sobre maquinaria pesada. Sentía una ligera rigidez en mi cuello tras pasar dos horas alternando entre el glosario de términos y los acordes de 'Sublime Gracia'. Me di cuenta de que estaba apretando los dientes mientras intentaba que el acorde de Fa mayor sonara limpio. Es ahí cuando entiendo que, aunque sea un hobby, el cuerpo también tiene su proceso. Si alguna vez sientes que te duele algo más allá del cansancio normal de los dedos, es mejor consultar con un profesor de piano de verdad o alguien que sepa de postura, porque una mala posición frente al teclado te puede pasar factura.
Lo curioso es que el procesador de sonido tiene una polifonía máxima de 64 notas. Al principio pensé que eso era mucho, pero cuando dejas el pedal pegado mientras intentas descifrar un cambio de página, te das cuenta de cómo se van sumando los sonidos. Es un recordatorio de que en el piano, como en la vida, a veces hay que soltar para que lo nuevo suene con claridad. No trato de que suene perfecto. Solo trato de que suene a domingo.
Pequeñas victorias entre partituras
Hay días en que solo toco tres compases y me detengo porque la cena ya está lista o porque me quedé mirando por la ventana cómo cae la tarde sobre los cerros de Cali. No me presiono. Mi abuela siempre decía que la música no debe ser una tarea, sino una compañía. Ella ya no está para escucharme, pero a veces, cuando logro que una transición entre Do y Sol suene fluida, siento que estoy conversando con ella. El cancionero de la iglesia tiene esas marcas de dedos y esquinas dobladas que cuentan historias de años de uso.
Recuerdo un sábado de lluvia en Versalles, de esos donde el agua baja con fuerza por las calles empinadas, que fue el día que mi primer himno sonó completo de principio a fin. No hubo aplausos, solo el sonido de la lluvia y mi propia respiración tranquila. Esas son las victorias que busco. No necesito un escenario, solo este rincón junto al comedor donde el piano espera cada semana. Aprender desde casa tiene esa libertad: puedes equivocarte diez veces en la misma nota y nadie te va a juzgar, excepto quizás el gato que se estira y se va a otra habitación si me pongo muy repetitiva.
Si estás pensando en empezar, mi consejo de aficionada es que no te compliques con métodos que prometen resultados en diez días. Busca ese libro de himnos que tu mamá guardaba o descarga las versiones sencillas de los cantos que te gustan. Siéntate, siente el peso de las teclas y deja que el oído te guíe. A veces, la teoría llega sola cuando ya tienes la melodía en el corazón. Al final, se trata de eso: de encontrar un refugio que te pertenezca, un lugar donde el tiempo corra más despacio que el reloj de la oficina.