
Son casi las seis de la tarde aquí en Versalles y el sol está bajando sobre los techos, dejando esa luz naranja que siempre me hace querer cerrar la laptop de una vez por todas. Llevo ocho horas traduciendo contratos legales y mis dedos ya no saben si están escribiendo en español o en inglés, así que lo único que me salva es girar la silla y encontrarme con las teclas. El contraste es casi terapéutico: el calor residual que sale de mi computadora después de una jornada pesada frente al frío de las teclas de mi Casio, que siempre parecen estar a una temperatura distinta al resto del apartamento. Abro el cancionero viejo, ese que tiene las hojas medio amarillas y que me traje de la casa de mi abuela, y me quedo mirando las partituras de los himnos que cantábamos cuando yo era niña. No soy pianista, ni mucho menos, solo soy una traductora que decidió comprarse un piano un sábado por la mañana para ver si recuperaba algo de esa música que dejé guardada hace quince años.
Hace unos seis meses, un domingo por la tarde que estaba especialmente silencioso, me di cuenta de que no podía seguir tocando solo de oído si quería que esos coros sonaran con la dignidad que se merecen. Intenté tocar 'Santo, Santo, Santo', que es mi favorito, pero mis manos se sentían perdidas, como si estuvieran buscando una dirección que no encontraban. Fue ahí cuando entendí que necesitaba sentarme a estudiar la escala de Do mayor en serio. Mi Casio CDP-S110 tiene 88 teclas, un mundo entero de posibilidades que a veces me abruma, pero ese día decidí que solo me importaban las blancas. Entender que todo nace de ese patrón de tono, tono, semitono, tono, tono, tono y semitono fue como encontrar el mapa de una ciudad que siempre había recorrido con los ojos vendados. No es que sea teoría avanzada, es solo ponerle nombre a lo que ya mis oídos sospechaban mientras cantaba en el coro de la iglesia hace años.

El mapeo de las escalas entre entregas de traducción
Durante las noches de marzo, cuando las entregas de traducción se pusieron pesadas y sentía que el cerebro se me iba a tostar, usaba los descansos de diez minutos para mapear las escalas de Sol y Fa mayor. Hay algo muy satisfactorio en el tacto de este piano; las teclas tienen esa textura de ébano y marfil sintético que ayuda a que no se me resbalen los dedos cuando me sudan un poco por el estrés del trabajo. Recuerdo que al principio me peleaba con el Si bemol en la escala de Fa. Pero hace un par de semanas, algo hizo clic. Estaba practicando un coro sencillo y, sin pensarlo, mi mano derecha encontró el Si bemol con una naturalidad que me hizo sonreír sola frente a la ventana. Es esa pequeña chispa de satisfacción en la punta de los dedos, ese momento en el que dejas de pensar en la regla y empiezas a sentir la distancia entre las notas. A veces, antes de empezar a tocar, me aseguro de que el instrumento esté impecable, y suelo recordar los consejos sobre cómo limpiar las teclas del piano digital sin dañarlo en casa para que el polvo de Cali no arruine la sensación del teclado.
La mayoría de los himnos tradicionales que tengo en mi cancionero no son tan complicados si uno se fija bien. Casi todos están escritos en tonalidades que no tienen más de tres alteraciones, lo que para alguien que está empezando como yo es un alivio inmenso. No busco ser una concertista, solo quiero que la música fluya mientras el café se termina de enfriar en la mesa del comedor. Mi Casio tiene una polifonía máxima de 64 notas, que para lo que yo hago es más que suficiente; nunca he sentido que se corten los sonidos, incluso cuando me emociono con el pedal de resonancia en los himnos más lentos. Es un proceso de paciencia, de aceptar que mi progreso es lento y que hay días en los que mis muñecas se quejan un poco. Por cierto, yo no soy profesional de la salud ni profesora de música, así que si sientes dolor, siempre es mejor que hables con un experto o un fisioterapeuta para no lastimarte por una mala postura.

Más allá de las notas: el secreto de los grados I, IV y V
Al final de la cuaresma, me di cuenta de algo que me cambió la forma de ver el acompañamiento. Yo pensaba que tenía que leer cada nota de la partitura como si fuera un dictado, pero descubrí que los coros más sencillos se basan casi siempre en los grados I, IV y V de la escala. En Do mayor, eso es Do, Fa y Sol. Entender esa estructura armónica me permitió dejar de mirar el papel obsesivamente y empezar a mirar un poco más mis manos. Es como si la armonía empezara a cobrar sentido por sí sola. Ya no toco notas sueltas; toco bloques que se mueven, y eso me da una paz que no encuentro en las palabras que traduzco todo el día. A veces mi gato se sienta en la otra silla del comedor y me mira como preguntándose por qué repito tanto el mismo acorde de Fa mayor, pero es que hay una belleza en la repetición que solo se entiende cuando estás ahí sentada.
He aprendido que limitarse a tocar las escalas mayores de forma tradicional, subiendo y bajando como un ejercicio de gimnasia, le quita mucha riqueza a los himnos. Lo que realmente me ha servido para que los coros suenen 'de iglesia' es jugar con las inversiones. En lugar de saltar de un Do mayor a un Fa mayor moviendo toda la mano, busco la nota más cercana. Eso hace que el acompañamiento sea mucho más suave, más conectado. Es un truco que aprendí viendo videos y probando sola los domingos por la mañana. A veces, cuando me siento estancada con la mano derecha, me acuerdo de que existen patrones de mano izquierda para piano cristiano fáciles de dominar que me ayudan a que no todo suene tan plano. No es necesario complicarse con armonías de jazz si uno apenas está gateando en esto, pero esas pequeñas variaciones hacen que una escala diatónica básica suene como algo mucho más profundo.

Un ancla de paz en el comedor de Versalles
A veces me pregunto si mi abuela se imaginaba que su upright viejo terminaría siendo la semilla de mi Casio digital en este apartamento pequeño. Ella tocaba con una fuerza que yo todavía no tengo, pero cuando cierro los ojos y toco una escala de Sol mayor, siento que hay un hilo que nos une. Este primer año de aprendizaje ha sido de mucha humildad. Ha habido himnos que he tenido que cerrar por la mitad porque el arroz de la cena empezó a oler a quemado o porque simplemente la mente no me daba para más después de traducir diez páginas de términos técnicos. Pero el piano sigue ahí, al lado de la mesa donde almuerzo, recordándome que siempre hay espacio para algo que no sea trabajo. No tengo planes de tocar en ninguna iglesia ni de sacar un disco; mi única meta es que el próximo domingo la escala de Mi mayor no me dé tanto miedo.
Al final, las escalas mayores no son solo ejercicios de técnica; son los cimientos de esos himnos que me traen calma cuando la ciudad de Cali se pone ruidosa afuera. Es un ritmo de vida distinto, uno que se mide en domingos y no en plazos de entrega. Si alguien me preguntara cómo empezar, le diría que no se afane por la velocidad. El Casio tiene ese sistema de martillo a escala que imita muy bien el peso de un piano acústico, y eso me obliga a ser consciente de cada pulsación. Cada escala es un paso más en este camino que decidí tomar sola, con mi cancionero y mis ganas de que la música sea mi descanso. Ahora voy a cerrar la tapa del piano por hoy, que ya es hora de dejar que el silencio también haga su parte antes de que empiece otra semana de traducciones.