
Fue una tarde calurosa de agosto, de esas en las que el aire de Cali se queda quieto en los callejones de Versalles. Estaba terminando de corregir un texto técnico larguísimo y la luz del sol pegaba de lado contra mi Casio CDP-S110. Ahí lo vi. Mis teclas negras, que suelen tener ese acabado mate tan elegante, estaban cubiertas por una película grisácea de polvo y huellas marcadas. Me dio un poco de angustia pensar que mi única inversión grande como traductora se fuera a arruinar por puro descuido.
El miedo a los circuitos y el recuerdo de la iglesia

No soy técnica de pianos ni mucho menos experta en electrónica, así que mi primer impulso fue el miedo. Recordé de inmediato el piano viejo del salón parroquial donde cantaba de niña. Tenía las teclas amarillentas y se sentían pegajosas al tacto, como si décadas de sudor y polvo se hubieran sellado con barniz. No quería que mis 88 teclas terminaran así. Pero tampoco quería que un exceso de humedad se filtrara por las ranuras y dañara los sensores internos, que son tan delicados en estos modelos compactos.
Mi Casio pesa apenas 10.5 kg y parece robusto, pero sé que por dentro es pura tecnología sensible. Entre pausas de edición de textos, me puse a investigar qué recomendaban realmente los que saben. Nada de alcohol puro, nada de limpiavidrios, nada de químicos abrasivos que puedan cuartear el plástico con el tiempo. El material de mi teclado tiene una textura de ébano y marfil sintético que es una delicia al tocar, y lo último que quería era pulir esa rugosidad natural hasta dejarla lisa y resbalosa.
La humedad de Cali y el trapo de microfibra

Aquí en Cali la humedad relativa suele superar el 60%, y eso hace que el polvo no solo se asiente, sino que se pegue. Es casi como una masilla invisible. Descubrí que el secreto no está en frotar con fuerza, sino en la paciencia. Busqué un paño de microfibra que ya tuviera varios lavados encima. Aquí va un detalle que aprendí por las malas: nunca uses un paño de microfibra nuevo de paquete. Esas fibras sintéticas nuevas son tan rígidas que pueden rayar el acabado brillante si arrastran alguna partícula mínima de mugre. Es mejor uno que ya esté suave por el uso.
Humedecí apenas una esquina del trapo con agua destilada, nada de chorros. La idea es que esté casi seco al tacto. Empecé a pasar el trapo en una sola dirección, desde la parte de atrás de la tecla hacia mí. Es un movimiento lento, casi como cuando estoy buscando el término exacto en un diccionario. Si lo haces de lado a lado, terminas metiendo la suciedad en las ranuras laterales, y ahí sí que no hay cómo sacarla sin desarmar el aparato. Pensar que si puedo cuidar la precisión de una traducción de mil palabras, puedo cuidar 88 teclas sin mojar los circuitos.
Un ritual de domingo por la tarde

A veces, mientras limpio, mi gato se queda mirando desde la silla del comedor, esperando a que termine para ver si puede saltar sobre el teclado. Se ha vuelto un ritual de cierre. Después de una sesión larga de himnos del cancionero, donde a veces sudo un poco por la concentración, le paso el trapo seco. Sentir el chirrido casi imperceptible de la microfibra seca contra el relieve rugoso de las teclas negras recién limpias me da una paz inmensa. Es como ponerle el punto final a una traducción difícil y saber que el archivo está limpio.
A finales del año pasado, cuando empecé a tomarme más en serio lo de practicar cada domingo, me di cuenta de que el cuidado externo influye mucho en las ganas de sentarse a tocar. Es mucho más inspirador abrir el protector y ver el blanco impecable. A veces me distraigo pensando en cómo superar el estancamiento al aprender piano de forma autodidacta, pero luego recuerdo que mantener el instrumento en buen estado es el primer paso para no perder el impulso. Si el piano se siente bien, dan ganas de tocar aunque solo sea media hora.
Pequeños detalles que hacen la diferencia

Hace un par de meses, un domingo de lluvia reciente, se me ocurrió que no solo las teclas necesitan atención. El polvo también se mete en la entrada del pedal. Yo todavía estoy aprendiendo cómo usar el pedal de resonancia en el piano digital correctamente, y me daría mucha rabia que fallara por algo tan simple como una mota de polvo en el contacto. Así que ahora paso una brocha de cerdas muy suaves por las conexiones una vez al mes.
Al final, limpiar el piano es un ejercicio de humildad para alguien que, como yo, solo toca para sí misma en un apartamento pequeño. No tengo un piano de cola de un conservatorio, tengo un Casio digital al lado de la mesa donde almuerzo. Pero tratarlo con ese respeto, quitando cada huella dactilar después de estudiar una rutina de piano para principiantes en casa trabajando como freelancer, hace que el proceso de aprendizaje se sienta más profesional, más real. Es mi pequeño espacio de orden en medio de un mar de palabras y plazos de entrega.