
Es domingo por la tarde. Aquí en Versalles el aire está pesado, como si fuera a llover pero no se decide. Mi café se enfrió al lado del Casio. Mis dedos se quedaron ahí, quietos, sobre el mismo acorde de Do mayor de siempre. Es frustrante. Llevo meses con el mismo cancionero y siento que no avanzo ni un milímetro. El piano está ahí, al lado de la mesa del comedor, recordándome que hoy tampoco pude terminar ese coro que tanto me gusta.
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El muro de los domingos lentos
A finales del año pasado, sentí que me había chocado contra una pared invisible. Compré este piano digital un sábado por la mañana de 2024, casi por impulso, pensando que mi pasado en el coro de la iglesia me daría superpoderes. No fue así. Ser editora freelance significa que mi cerebro vive corrigiendo sintaxis ajena y, a veces, cuando cierro la laptop, no queda energía para nada más. Durante las primeras semanas de enero de este año, me sentaba frente a las 88 teclas y simplemente no sabía qué hacer después de los tres acordes básicos.
Mi Casio tiene 52 teclas blancas y 36 negras. Parece un dato técnico aburrido, pero cuando estás estancada, cada una de esas teclas se siente como una montaña que no sabes escalar. Pienso que si puedo corregir la sintaxis de una novela de 400 páginas, debería poder corregir el ritmo de cuatro compases, pero el cerebro no siempre obedece. Mis manos no se hablaban. La izquierda quería ir por un lado y la derecha se perdía en la melodía del himnario.

La trampa de las sesiones largas
Todo el mundo dice que hay que practicar una hora diaria. Eso, para alguien que vive entre entregas de traducción y correos urgentes, es un chiste de mal gusto. Hace un mes, un domingo de lluvia, me di cuenta de que mi estancamiento venía de la culpa. Me sentía mal por no tener "tiempo de calidad" y terminaba no tocando nada. Pero recordé a una amiga que tiene un bebé pequeño; ella solo toca cuando el niño hace siestas breves e impredecibles. Me dijo que sus mejores avances fueron en ráfagas de diez minutos.
Empecé a aplicar eso. En lugar de esperar al domingo perfecto que nunca llega, empecé a usar mis propios "huecos de siesta" entre capítulos de traducción. Diez minutos antes del almuerzo. Cinco minutos mientras hierve el agua para el tinto. No busco la perfección, busco que mis dedos no se olviden de la madera sintética. Es una rutina de piano para principiantes en casa trabajando como freelancer que me salvó la cordura.
Cuando el cancionero se pone difícil
En las últimas semanas de práctica, intenté saltar directamente a un arreglo complejo de 'Cuan Grande es Él'. Fue un desastre. Terminé con un dolor punzante en el antebrazo por la tensión innecesaria. Quería que sonara como en el culto, con toda esa fuerza, pero mis muñecas estaban rígidas como un tronco. Ahí entendí que ser autodidacta no significa adivinarlo todo sola. Obviamente no soy profesora de música ni fisioterapeuta; si a ustedes les duele algo, por favor, consulten a un profesional antes de seguir.
Para salir de ese hueco, decidí buscar algo más estructurado pero que no me quitara la esencia de lo que me gusta. Encontré el curso Aprende Piano Desde Cero Con Música Cristiana. Lo que me gustó es que no me obliga a tocar piezas clásicas que no siento cerca. Me permite usar los himnos que ya conozco para entender la teoría. Es modular, así que si tengo una semana pesada de trabajo, puedo retomar el hilo sin sentir que perdí el semestre. A veces, tener un método es mejor que dar vueltas en círculos con el mismo PDF de siempre.

El tacto de la paciencia
Hay algo muy físico en el estancamiento. Es el tacto ligeramente rugoso de las teclas sintéticas de ébano y marfil del Casio bajo mis dedos sudorosos por la frustración. Sientes que el instrumento te rechaza. Pero el truco, al menos para mí, fue dejar de intentar "tocar canciones" y empezar a "estudiar movimientos". Me puse a hacer ejercicios de independencia de manos en el piano para tocar himnos, muy despacio, casi ridículamente lento.
Un domingo de estos, después de mucho repetir, sentí ese pequeño escalofrío de satisfacción cuando, por fin, el cambio de Sol a Re sucedió sin que mis ojos tengan que dejar la partitura. No fue un gran concierto, fue solo un cambio de dos acordes en Do mayor, pero para mí fue como ganar una maratón. El progreso no es una línea recta hacia arriba; es más como una escalera de caracol donde a veces pasas por el mismo sitio, pero un poquito más alto.

Pequeños ajustes en el comedor
Mi gato a veces se echa sobre el pedal de resonancia y me toca moverlo con el pie con cuidado para no despertarlo. He aprendido que incluso esos detalles importan. Si el entorno no es cómodo, no vas a querer sentarte. A veces, conectar el Casio CDP S110 al computador para estudiar piano me ayuda a ver las lecciones del curso de forma más clara que en la pantalla pequeña del celular.
Si estás en ese punto donde sientes que el piano es solo un mueble caro que junta polvo en la sala, intenta cambiar el enfoque. No busques la hora completa. Busca los diez minutos. Busca un material que te hable en tu idioma, como ese curso de piano para música cristiana que estoy siguiendo, o quizás algo más profundo como el Piano Cristiano Desde Cero A Experto si sientes que tienes más cuerda para largo. Lo importante es no soltar el hábito. Al final, el piano es como la traducción: palabra por palabra, nota por nota, hasta que el mensaje finalmente tiene sentido.
Ya es casi de noche. El cielo de Cali se puso violeta. Voy a tocar un ratito más antes de preparar la cena, solo un par de compases, sin pretensiones. A veces, la mejor forma de superar un estancamiento es simplemente aceptar que hoy solo vamos a avanzar un centímetro, y que eso está bien.