
Eran las cinco de la tarde de un domingo caluroso de agosto cuando sentí el tacto rugoso y mate de las teclas negras bajo mis dedos mientras entraba la brisa de los cerros de Cali por el balcón. Mi Casio CDP-S110, que pesa apenas unos 10.5 kilogramos y cabe perfecto junto a la mesa del comedor, llevaba tres días sin sonar porque la entrega de una traducción técnica me tenía la cabeza en otro lado.
Antes de seguir, una transparencia rápida: este diario incluye enlaces de afiliado. Si alguno te termina llevando a un curso o un material que decides pagar, una comisión cae por acá por la recomendación, mientras que lo que tú vas a pagar queda igual estés llegando por este cuaderno o no. La regla en el blog es simple: solo aparece lo que de hecho abrí en mi laptop y probé en mis propios dedos; no armo rankings con cursos que no llegué a tocar.
Vivir como freelancer en Versalles tiene sus cosas buenas, pero la rutina de piano es la primera que sale volando cuando un cliente decide que necesita trescientas páginas editadas para ayer. Mi piano no es una carrera ni una meta de concierto; es el único momento donde mis manos no están tecleando palabras ajenas. A veces, simplemente me siento a mirar las 88 teclas con acción de martillo a escala y me quedo ahí, en silencio, dejando que el cerebro cambie de modo.

El nudo en la nuca y el primer acorde
Esa sensación de que el nudo en la nuca, provocado por horas de traducción frente al monitor, se suelta justo cuando la armonía del piano llena la sala es lo que me hace volver cada domingo. No busco la perfección técnica, solo busco que el sonido de la armonía tape un poco el ruido de los correos electrónicos. Al principio, pensaba que podía simplemente sentarme y que la música saldría sola, como cuando cantaba en el coro de la iglesia de niña.
Pero la realidad es más terca. Intentar tocar los himnos de mi infancia solo de oído me frustraba muchísimo. No entendía por qué mi mano izquierda sonaba tan pesada, tan fuera de lugar comparada con lo que recordaba de los cultos dominicales. El cancionero de la iglesia, ese de hojas amarillentas, se me cerraba en la cara cada vez que intentaba pasar de página mientras mantenía un acorde de Do mayor.
Me di cuenta de que si soy capaz de editar un manuscrito de trescientas páginas con sus notas al pie y su bibliografía, no puede ser que cuatro compases de un himno me ganen la partida. Ahí fue cuando entendí que necesitaba algo de estructura, pero una que no se sintiera como otra fecha de entrega estresante. No tengo profesor, no tengo credenciales litúrgicas y, sinceramente, si me duele la muñeca o siento una tensión rara, sé que debo parar y consultar con un profesional de la enseñanza o un fisioterapeuta, porque aprender sola tiene sus riesgos.
La trampa de la constancia para el que trabaja por cuenta propia
Muchos métodos te dicen que debes practicar exactamente treinta minutos al día, a la misma hora. Para alguien que traduce glosarios jurídicos, eso es un chiste de mal gusto. Mi carga de trabajo es un ser vivo que cambia de forma. Por eso, mi rutina es más una negociación con el tiempo. Si la mañana estuvo pesada, el piano se queda tapado. Si el sábado terminé temprano, le doy dos horas seguidas hasta que el gato se sube a la partitura pidiendo comida.
Después de una entrega especialmente pesada en octubre, me senté decidida a dominar el pedal. Pasé una hora entera intentando coordinar el pedal de sostenido con un acorde de Sol mayor, frustrada porque el sonido no se mantenía, para luego notar que el cable ni siquiera estaba conectado al teclado. Esas son las derrotas silenciosas de aprender sola en un apartamento de Versalles.

Para no perder el norte, empecé a seguir el curso Aprende Piano Desde Cero Con Música Cristiana. Me sirve porque es modular. Si dejo de tocar una semana entera porque me salió un proyecto de edición urgente, puedo retomar el video donde quedé sin sentir que el profesor me está mirando feo por no haber hecho la tarea. Es un enfoque muy cercano a los himnos que ya tengo en la cabeza, lo que facilita mucho las cosas cuando uno solo tiene retazos de tiempo libre.
Cuando el cancionero empieza a tener sentido
Lo más difícil para mí ha sido la mano izquierda. Los cancioneros suelen venir con cifrado americano (esas letras sobre las palabras) y yo no sabía qué hacer con ellas. Mi Casio tiene una polifonía máxima de 64 voces, lo cual es más que suficiente para lo que toco, pero al principio yo hacía que todo sonara como una masa de ruido. Fue leyendo sobre la postura correcta en espacios reducidos que entendí que mi silla del comedor me estaba matando la espalda.
Una tarde de lluvia el pasado abril, logré que un himno sonara fluido de principio a fin. No fue perfecto, pero las notas no se atropellaron. Esos pequeños triunfos son los que guardo en mi diario. A veces, cuando estoy en medio de una traducción difícil, me levanto solo para tocar una escala o un acorde de paso. Es como un reinicio para el cerebro. Si te interesa algo más rígido, algunos hablan bien de Toca Piano Desde Cero - Nivel 1, pero para mi ritmo de freelancer, prefiero lo que se sienta más como un hobby y menos como una clase.
Mi abuela tenía un piano vertical antiguo donde yo jugaba de niña, pero este Casio digital es otra historia. Es práctico, no se desafina con la humedad de Cali y me permite usar audífonos cuando me dan las once de la noche y todavía tengo ganas de descifrar un puente armónico. La rutina no es un horario, es un espacio mental que protejo del trabajo.

Consejos de una editora que apenas está aprendiendo
Si trabajas por tu cuenta y quieres empezar, mi consejo es que no te castigues por los días que no tocas. El piano debe ser el refugio, no otra obligación en la lista de pendientes. Yo dejo el teclado siempre conectado; si tengo que quitarle el forro y conectar cables, es menos probable que toque. La accesibilidad es clave cuando el cansancio de la pantalla pesa.
- Ten el cancionero abierto en la página que te cuesta.
- Usa un método que hable tu idioma (en mi caso, la música de la iglesia).
- No ignores los dolores de espalda; el piano en el comedor requiere cuidado.
Al final, esos quince minutos entre párrafos han transformado mi apartamento en algo más que una oficina de traducción. Ya no solo veo palabras que necesitan corrección; ahora también veo compases que esperan ser resueltos. Si quieres empezar con algo que se adapte a tus tiempos locos de freelancer, te recomiendo darle una mirada a este curso de piano cristiano que es el que yo sigo cuando el trabajo me da un respiro. No te va a convertir en concertista en una semana, pero te va a dar la paz de tocar algo que conoces mientras descansas de la oficina.