
Eran pasadas las cuatro de una tarde de domingo muy calurosa aquà en Versalles y el aire en la sala se sentÃa pesado, casi tanto como el sonido que salÃa de mi piano. Estaba intentando tocar un himno que conozco de toda la vida, uno de esos que cantábamos en el grupo de jóvenes de la iglesia, pero algo no cuadraba. En lugar de esa melodÃa limpia que recordaba, mi sala se llenó de una masa de ruido borrosa, como si todas las notas se estuvieran peleando entre ellas por un espacio que no tenÃan. Miré mi pie derecho y me di cuenta de que llevaba pegado al pedal desde que empecé la primera estrofa, como si fuera un acelerador en medio de un trancón por la Quinta. Es curioso cómo algo tan pequeño puede arruinarlo todo tan rápido.
El rincón de los domingos en Versalles
Mi configuración es bastante sencilla, nada del otro mundo. Tengo mi Casio CDP-S110 justo al lado de la mesa del comedor, donde paso la mayor parte de la semana traduciendo documentos y editando textos. Es un piano de 88 teclas con acción de martillo que me gusta mucho porque se siente real bajo los dedos, pero el pedal que traÃa en la caja es otra historia. Es una pieza pequeña de plástico negro que se conecta por un jack de 1/4 pulgada en la parte de atrás y que tiene la mala costumbre de resbalarse constantemente sobre la baldosa de mi sala. Cada vez que intento seguir el ritmo del cancionero, el pedal decide emprender su propio viaje hacia la pared del fondo.

Esa tarde, el sonido era tan denso que ni siquiera el ventilador de techo lograba disipar la sensación de desorden. Mi piano tiene una polifonÃa máxima de 64 notas, lo cual suena a mucho, pero cuando dejas el pedal de resonancia pisado sin soltarlo, esas notas se van acumulando hasta que el procesador de sonido ya no sabe qué hacer con tanta información. El resultado es un eco metálico que no tiene nada de celestial. Me sentà un poco frustrada, la verdad. Uno piensa que el pedal es para que todo suene más bonito y profundo, pero terminó sonando como si estuviera tocando dentro de un túnel de metal. Mi gata, que suele dormir encima del sofá mientras practico, me miró con una cara de juicio absoluto antes de irse a la cocina.
Para alguien que como yo sigue una rutina de piano para principiantes en casa trabajando como freelancer, estos pequeños detalles técnicos son los que te frenan. No tengo una formación académica ni nadie que me corrija la postura en el momento, asà que me toca ir probando y fallando. Lo primero que entendà es que el pedal no es un botón de 'encendido' para el eco, sino una herramienta de precisión. El pedal de resonancia o sustain, que es el de la derecha, lo que hace en un piano de verdad es levantar los apagadores de las cuerdas, permitiendo que sigan vibrando. En mi digital, simplemente le dice al software que no corte el sonido cuando suelto la tecla.
El chasquido seco sobre la baldosa
Uno de los momentos que más me marcó al principio fue el ruido fÃsico del pedal. Como es un modelo de entrada, el resorte es algo ruidoso. En el silencio de la tarde, después de que el tráfico de la avenida bajaba un poco, podÃa escuchar el chasquido seco del pedal de plástico golpeando la baldosa cada vez que lo soltaba con demasiada rapidez. Es un sonido poco elegante, un 'clack' que rompÃa la magia de cualquier balada. Me recordaba constantemente que estaba en mi comedor y no en un conservatorio. Para evitarlo, empecé a intentar controlar el regreso del pie, tratándolo con más cariño, como si no quisiera despertar a alguien que duerme en la habitación de al lado.

Aprendà que el pedal tiene que ser una extensión del oÃdo, no solo del pie. Si el sonido se ensucia, el pie tiene que reaccionar. Pero mi problema era el 'cuándo'. Durante semanas, mi técnica consistÃa en pisar el pedal exactamente al mismo tiempo que tocaba la primera nota de un acorde. ParecÃa lógico, ¿no? Quieres que la nota resuene, asà que pisas el pedal. Pero el resultado era siempre el mismo: un pequeño bache de silencio entre un acorde y otro, o una mezcla sucia si intentaba encadenarlos sin soltar. Es increÃble lo difÃcil que es coordinar el pie con las manos cuando llevas años solo usando las manos para teclear en un computador.
En esos momentos de frustración, suelo dejar el piano a un lado y volver a mis traducciones. Pero la curiosidad me ganaba. Empecé a buscar cómo hacÃan otros para que los himnos sonaran fluidos. No buscaba una clase magistral, solo entender por qué mis partituras de himnos cristianos para piano fácil en formato digital sonaban tan entrecortadas a pesar de tener el pedal pisado. Fue entonces cuando me topé con el concepto del pedal sincopado. Es un nombre que suena muy técnico, pero en la práctica es simplemente un cambio de ritmo en el pie.
La revelación del pedal sincopado
La regla de oro, que me tomó varios domingos asimilar, es: 'nota primero, pedal después'. Es un movimiento casi imperceptible. Tocas la nota o el acorde, y una fracción de segundo después, cuando ya el dedo está hundido en la tecla, pisas el pedal. Luego, cuando vas a cambiar al siguiente acorde, mantienes el pedal pisado mientras tus manos se mueven a las nuevas notas. Solo en el instante en que tocas las nuevas notas, levantas y vuelves a pisar el pedal rápidamente. Esto 'atrapa' el nuevo sonido y limpia el anterior. Es como limpiar el tablero antes de escribir una frase nueva.

Recuerdo una noche de traducción intensa, de esas en las que las palabras en inglés se me cruzaban con las de español, que decidà tomarme un descanso frente al teclado. Intenté aplicar esto de 'limpiar' el sonido en una sección de un himno que siempre me salÃa mal. Al principio me sentÃa torpe, como si estuviera tratando de caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Mi pie querÃa bajar con la mano, era un instinto primario. Pero después de unos veinte minutos de repetir el mismo cambio de Do mayor a Fa mayor, algo hizo clic. El sonido dejó de ser una mancha y se convirtió en una lÃnea continua. Por fin, la música tenÃa aire.
Es importante decir que no soy experta. Soy solo una persona que disfruta de sus domingos lentos aprendiendo algo nuevo. Si alguna vez sientes que te duele el tobillo o que la tensión en la pierna es demasiada, lo mejor es consultar con alguien que sepa de ergonomÃa o un profesor de verdad. Yo trato de mantener el talón siempre apoyado en el suelo, usando la punta del pie para presionar, pero a veces la emoción de un himno me hace olvidar la postura. No quiero terminar con una lesión por algo que es mi pasatiempo favorito.
El ejercicio de la resonancia excesiva
Aquà es donde mi experiencia se desvÃa un poco de lo que sueles leer en los manuales. Casi todos te dicen que levantes el pedal a menudo para evitar el desorden. Sin embargo, en mi proceso de aprendizaje autodidacta, descubrà algo diferente. Un domingo, por puro cansancio, decidà tocar una pieza entera con el pedal pisado casi todo el tiempo, pero forzándome a escuchar activamente dónde se volvÃa insoportable. Olvidé por un momento la técnica del pedal sincrónico y me enfoqué en el caos.

Practicar con el pedal pisado intencionalmente me desarrolló una sensibilidad auditiva que no tenÃa. Al escuchar cómo las frecuencias chocaban entre sÃ, mi oÃdo empezó a pedirme el cambio de pedal de forma natural, no por una regla escrita, sino por una necesidad de alivio sonoro. Es como si el oÃdo educara al pie. Ahora, cuando toco, no pienso tanto en 'ahora subo, ahora bajo', sino que siento cuando el sonido está saturado. Es una forma un poco caótica de aprender, pero me ha servido para entender la polifonÃa de mi Casio mucho mejor que leyendo el manual de usuario.
Este enfoque me ha ayudado a decidir si prefiero tocar piano de oÃdo música cristiana frente a seguir un método rÃgido. A veces, el método te dice exactamente dónde pisar, pero el oÃdo te dice por qué necesitas hacerlo. En las canciones más lentas, donde hay mucho espacio entre notas, el pedal es mi mejor amigo para que la melodÃa no muera antes de tiempo. Pero en los coros más rápidos, el pedal puede ser mi peor enemigo si no lo trato con respeto.
Un año de domingos y pedales resbaladizos
Ya ha pasado casi un año desde que traje el piano a casa. El pedal de plástico sigue resbalándose por la baldosa, asà que terminé poniendo un pequeño tapete de caucho debajo para que se quede quieto. Es una solución muy de casa, muy de Versalles, pero funciona. He aprendido que el pedal no es un accesorio opcional en el piano digital, sino la mitad del alma del instrumento. Sin él, todo suena seco y digital; con él, el piano cobra una vida que me hace olvidar por un momento que estoy sentada en una silla de comedor frente a un aparato electrónico.

A veces, cuando termino una jornada larga de edición y el silencio de la noche cae sobre Cali, me siento un rato a tocar sin presiones. Ya no me frustra tanto que los acordes se mezclen, porque ya sé cómo limpiarlos. Entiendo que el pedal no es un acelerador, sino un recurso para dar aire a la música entre traducción y traducción. No tengo prisa por llegar a ser una concertista; me basta con que el próximo domingo, cuando abra mi cancionero, el sonido sea un poco más claro que el anterior. Al final del dÃa, se trata de eso: de encontrar un poco de orden en medio del ruido, un cambio de pedal a la vez.