
Eran pasadas las cinco de un domingo lluvioso de noviembre en Cali y el tinto ya se me habÃa enfriado sobre el borde de la mesa del comedor. TenÃa el cancionero abierto en 'Sublime Gracia', una melodÃa que me sé de memoria desde que tengo siete años, pero ahà estaba yo, con los dedos congelados sobre las 88 teclas de mi Casio CDP-S110, sintiendo que mi cerebro se cortocircuitaba. Intentaba soltar la primera frase y, apenas mi voz subÃa, mi mano izquierda se olvidaba de qué acorde seguÃa. Es una frustración muy silenciosa, de esas que solo entendemos los que intentamos aprender esto a los treinta y pico, entre entregas de traducciones y el ruido de las motos subiendo por la avenida en Versalles.
La parálisis de querer hacerlo todo a la vez
Ese dÃa me di cuenta de que cantar y tocar no es simplemente hacer dos cosas al mismo tiempo; es como intentar escribir un correo en inglés mientras escuchas un podcast en español. Mi Casio tiene una polifonÃa máxima de 64 notas, lo cual suena a mucho, pero en mi cabeza parecÃa que solo me quedaba espacio para una tarea a la vez. El olor a papel viejo del himnario de mi familia, ese que rescaté de una caja de mudanza, se mezclaba con el calor húmedo que subÃa de la calle mientras mis dedos sudaban sobre las teclas frÃas. Cada vez que intentaba unir la voz con el piano, me detenÃa a mitad de camino porque sentÃa que si le ponÃa atención a la respiración, la mano derecha perdÃa el ritmo.
Hacia finales de marzo, después de varios domingos de pelear con la misma página, entendà que el error era tratar a la voz como una invitada de última hora. Yo querÃa tocar la partitura completa, con esas estructuras de 4 voces tÃpicas de los himnos âsoprano, contralto, tenor y bajoâ, y encima meterle mi propia voz. Era demasiado. Como no soy una pianista de conservatorio sino una editora que busca un momento de paz antes de volver a las correcciones de estilo el lunes, tuve que aceptar que mi prioridad era la canción, no la complejidad técnica. No tengo un rol litúrgico ni pretendo dar un concierto; solo querÃa que la música fluyera sin que los hombros se me pusieran como piedras.

El método de la separación forzada
Lo que me salvó de tirar la toalla fue empezar lo que yo llamo la 'separación forzada'. Un domingo me propuse no tocar ni una sola nota de la melodÃa con la mano derecha. Nada. Empecé a tocar solo la lÃnea del bajo con la izquierda mientras cantaba. Fue raro al principio porque el piano sonaba vacÃo, pero de repente mi cerebro tuvo aire para respirar. Al quitarle la responsabilidad a la mano derecha de seguir la voz, la coordinación empezó a aparecer. Es curioso cómo a veces, para avanzar, hay que quitar piezas en lugar de ponerlas.
Me servÃa mucho pensar en el acompañamiento no como una serie de notas individuales, sino como un bloque rÃtmico automático. Si lograba que mi mano izquierda marcara el pulso casi por inercia, mi voz podÃa flotar encima sin miedo a que el piano se detuviera. En esos momentos de práctica solitaria, recordaba que no estoy compitiendo con nadie. A veces, si el tono me quedaba muy alto para mi rango vocal, buscaba formas de cómo transportar himnos cristianos a tonos más fáciles en el piano, porque no hay nada que cause más tensión que intentar llegar a un agudo mientras buscas un acorde de séptima que todavÃa no dominas.

Confiar en la memoria muscular
Después de unos tres meses de práctica constante, noté un cambio fÃsico. Ya no necesitaba mirar el papel cada dos segundos. Esa tensión súbita en los hombros que aparece justo cuando intento subir a una nota alta y cambiar de acorde al mismo tiempo empezó a disiparse. Empecé a confiar en que mis dedos sabÃan dónde estaba el Do central sin tener que verificarlo visualmente. Es una sensación liberadora, como cuando traduces una frase difÃcil y de repente las palabras encajan solas sin tener que consultar el diccionario tres veces.
Para lograr esto, me ayudó mucho trabajar con materiales sencillos. No intentaba tocar arreglos complejos de piano jazz; me quedaba con lo básico. De hecho, tener algunas partituras de himnos cristianos para piano fácil en formato digital en mi tableta me permitió ampliar el repertorio sin estresarme con digitaciones imposibles. La clave fue dejar de intentar sincronizar cada nota de la voz con cada nota del piano y, en cambio, ver el piano como un colchón sobre el cual mi voz se podÃa acostar. Si el ritmo del piano es sólido, la voz se siente segura.

La satisfacción de un himno terminado
Recuerdo una noche calurosa de junio en Versalles. HabÃa terminado una traducción técnica pesadÃsima y cerré el portátil con esa sensación de agotamiento mental que solo te quita un poco de música. Me senté al Casio, abrà el cancionero en un himno de acción de gracias y, por primera vez en todo este año de aprendizaje lento, lo toqué y lo canté de principio a fin sin una sola pausa por frustración. No fue perfecto, seguro que un profesor de piano me habrÃa corregido la posición de la muñeca, pero para mà fue un triunfo absoluto. El gato se quedó dormido en la silla de al lado y el silencio de la noche caleña se llenó con algo que yo misma estaba creando.
Como siempre digo, no soy profesional y mi tiempo es limitado, pero he aprendido que mi rutina de piano para principiantes en casa trabajando como freelancer funciona mejor cuando no me exijo demasiado. No soy una máquina y este piano es mi refugio, no otra obligación en mi lista de pendientes. Si un domingo solo logro coordinar dos estrofas, está bien. La música de los himnos tiene esa nobleza: no necesita que seas un virtuoso para que te toque el alma, solo necesita que estés presente, con tus dedos sudados y tu voz a veces un poco quebrada, intentándolo una vez más.

Si estás empezando como yo, mi único consejo de aficionada es que no intentes correr. Toca el acorde, sostenlo, y deja que la voz sea la que mande. Con el tiempo, el piano se vuelve un eco natural de lo que estás cantando. Yo sigo aquÃ, en mi comedor, dándole un domingo a la vez, feliz de que el cancionero todavÃa tenga muchas páginas por descubrir.