
Escribo esto mientras el tinto se enfría un poco sobre la mesa del comedor. Afuera el cielo de Cali está de ese gris pesado que avisa lluvia, y aquí adentro, mi Casio CDP-S110 parece estar esperándome con una paciencia que yo no siempre tengo. Es domingo por la tarde. El silencio de Versalles solo lo rompe algún vecino con una salsa lejana, y yo acabo de cerrar el himnario con una mezcla de frustración y derrota. Había un himno, uno de esos clásicos que me encantan, pero estaba escrito en La bemol mayor. Cuatro bemoles. Mis dedos, que apenas se están acostumbrando a la textura de las teclas, simplemente no los encuentran a tiempo. Es como si el papel me hablara en un idioma que todavía no traduzco bien.
Recuerdo un domingo caluroso de agosto, hace casi un año, cuando recién compré el piano. En ese entonces pensaba que si algo estaba escrito así, era ley. Pero la humedad de esta ciudad a veces dobla las esquinas de mis partituras viejas y me hace pensar que nada es tan rígido. Muchos de esos himnos antiguos se escribieron pensando en bandas de viento, en trompetas que aman los bemoles, pero para mí, que apenas estoy explorando estas 88 teclas, esas tonalidades se sienten como un laberinto. A veces, cuando intento tocar un acorde grave, siento la vibración de los altavoces del Casio contra la superficie de madera de mi mesa de comedor y me doy cuenta de que el sonido es real, pero mi técnica todavía es frágil.

El rompecabezas de las tonalidades difíciles
Hace unos seis meses empecé a cansarme de dejar himnos a la mitad. Me sentaba después de terminar una traducción pesada, con la espalda pidiendo un descanso, y me encontraba con Mi bemol o Re bemol. Es agotador. No soy profesora de música, ni tengo títulos, solo soy alguien que traduce palabras de día y notas de noche. Pero entendí que no tengo que sufrir. El piano tiene 12 semitonos en cada octava, un ciclo que se repite y se repite, y esa es la clave de todo. Si un himno me pide demasiadas teclas negras y mis dedos se enredan, simplemente muevo el punto de partida.
Me di cuenta de que mi problema no era la fe, sino la física. Al principio, mi primera reacción era intentar pasarlo todo a Do mayor. Do es limpio, o eso parece, porque no tiene sostenidos ni bemoles. Pero ahí descubrí algo curioso, algo que me hizo cambiar de opinión durante las últimas semanas de lluvia. A veces, Do mayor es muy plano. Obliga a la mano a estar muy estirada sobre las teclas blancas. En cambio, cuando uso tonalidades con un par de alteraciones negras, la mano adopta una posición más natural, más arqueada. Es extraño, pero usar esas teclas cortas ayuda a que mis dedos no se resbalen tanto.
Para entender esto, tuve que sentarme a mirar bien las escalas mayores en el piano para acompañar coros e himnos cristianos. No como una lección académica, sino como quien mira un mapa para no perderse en el barrio. Si el himno está en Mi bemol, que me resulta incómodo, pruebo a subirlo un semitono a Mi mayor o bajarlo a Re mayor. Es un juego de contar teclas. Mi Casio me ayuda porque el peso de las teclas me da una referencia física muy clara de dónde estoy parada.
Mi sistema de papel reciclado
Como trabajo editando textos, siempre tengo borradores de traducciones que ya no sirven. Una tarde después de terminar una traducción técnica aburrida, agarré uno de esos papeles y empecé a anotar mi propio sistema. No es nada sofisticado. Identifico la tónica del himno, que suele ser la nota con la que termina o la que más pesa en el bajo. Si el himno está en La bemol y yo quiero tocarlo en Sol, sé que tengo que bajar cada nota un semitono. Es como bajar un escalón en una escalera de 12 peldaños. Uso las teclas del piano como una regla física.
A veces me pierdo. No es un proceso rápido. Pero he notado que la tensión en mis hombros desaparece instantáneamente cuando decido tocar en un tono que mis manos entienden, en lugar de pelear con lo que dice el papel. No hay nadie juzgándome aquí en mi comedor. Mi gato se sube a veces al piano, camina sobre las teclas y produce una polifonía de 64 notas mucho más compleja que la mía, y él no se preocupa por si está en la tonalidad correcta o no. Eso me quita un poco de peso de encima.

En este proceso de simplificar, también he tenido que aprender a manejar la mano izquierda. No siempre hago el acorde completo si el salto es muy grande. A veces busco patrones de mano izquierda para piano cristiano fáciles de dominar que se adapten al nuevo tono. Si paso un himno de Si bemol a Do mayor, los bajos se vuelven mucho más claros y no tengo que estar adivinando dónde queda esa tecla negra que siempre se me escapa. Es una forma de ser amable conmigo misma, especialmente los domingos cuando el cansancio de la semana todavía me pesa en los párpados.
La belleza de las teclas negras
Aquí es donde mi opinión se divide de lo que leo en algunos foros. Muchos dicen que para principiantes, Do mayor es el paraíso. Yo creo que no. He descubierto que Sol mayor o Re mayor, con uno o dos sostenidos, son mucho mejores para aprender a sentir el piano. Las teclas negras sirven como puntos de referencia táctiles. Si cierro los ojos, sé dónde estoy porque siento el grupo de dos o tres teclas negras. En Do mayor, todo se siente igual, como caminar por una calle sin señales.
Cuando transporto un himno, trato de buscar ese equilibrio. Si el himnario dice que está en Fa mayor (un bemol), a veces lo dejo así porque Fa es cómodo. Pero si se pone difícil, prefiero moverlo a Sol. Esa pequeña altura extra de la tecla negra del Fa sostenido me ayuda a posicionar el resto de los dedos. Es una cuestión de ergonomía casera. Si alguien profesional me viera, quizás me diría que estoy haciendo trampa, pero en mi diario de aprendizaje, la trampa no existe, solo existe la música que suena y la que se queda guardada por miedo.
Por supuesto, si alguna vez sientes que te duelen las muñecas o que el esfuerzo es demasiado, siempre es mejor consultar con un profesor de piano de verdad. Yo solo soy una aficionada en Versalles tratando de que el himnario no me gane la partida. A veces, el problema no es el tono, sino cómo pisamos los pedales o cómo nos sentamos. Yo misma he tenido que aprender cómo usar el pedal de resonancia en el piano digital correctamente para que el transporte de notas no suene como una masa de ruido borroso.

Sublime Gracia en Do (o casi)
Hace poco logré tocar 'Sublime Gracia' sin tropezar. Originalmente mi libro lo tiene en una tonalidad que me obligaba a hacer unas muecas raras con la mano derecha. Lo pasé a Do mayor usando mi método de los semitonos y el papel reciclado. Fue la primera vez que la melodía fluyó sin esas pausas de tres segundos donde mi cerebro intenta recordar si el Si era natural o bemol. Fue un momento pequeño, nada del otro mundo, pero para mí significó que el piano ya no era un enemigo.
Mi abuela tenía un upright viejo, de esos de madera que crujían con el clima de Cali. Ella tocaba de oído y nunca se fijaba en qué tono estaba. Simplemente encontraba la melodía. Yo no tengo ese don, necesito el papel, pero estoy aprendiendo a que el papel sea mi guía y no mi carcelero. Al final, en este piano de comedor, la simplicidad suena mucho mejor que una perfección técnica que solo me trae frustración. Si el himno suena bien y mi corazón está tranquilo, el tono es lo de menos.
Mañana volveré a las traducciones, a los plazos de entrega y a los correos electrónicos. Pero el próximo domingo, cuando vuelva a abrir el cancionero, ya no le tendré miedo a los bemoles. Si aparecen, simplemente contaré mis doce semitonos, buscaré un lugar más cómodo en mis 88 teclas y dejaré que la música salga, aunque sea despacio, aunque sea solo para mí y para el gato que ahora duerme sobre el pedal.