
Acabo de cerrar el archivo de la traducción. Son casi las once de la noche y afuera en Versalles empezó a llover, ese ruidito constante sobre las tejas que a veces me arrulla y otras me pone a pensar en todo lo que me falta por entregar. Miro mi piano ahí, al lado de la mesa del comedor, y me dan unas ganas locas de tocar un poquito, pero el silencio del edificio a esta hora es casi sagrado. Me da una pena horrible pensar que mi vecina del 4B tenga que aguantarse mis notas mal puestas de un domingo a deshoras.
Antes de seguir contándote cómo me va con este tema de los audífonos, una transparencia rápida: este diario incluye algunos enlaces de afiliado. Si alguno te termina llevando a un curso o un material que decides pagar, una comisión cae por acá por la recomendación. Lo que tú vas a pagar queda igual, estés llegando por este cuaderno o no. La regla en el blog es simple: solo aparece lo que de hecho abrí en mi laptop y probé yo misma, como el curso que sigo ahora, porque no me gusta armar listas de cosas que no conozco.
El miedo al ruido en un espacio compartido
Vivir en un apartamento pequeño en Cali tiene su encanto, pero los muros de ladrillo aquí en Versalles parece que estuvieran hechos de papel cuando alguien decide poner música o, en mi caso, intentar descifrar un himno. Mi Casio CDP-S110 pesa unos 10.5 kg, lo cual es genial porque lo puedo mover si necesito espacio en la mesa, pero las vibraciones de las notas bajas se sienten en todo el piso. Es una sensación extraña saber que cada error tuyo tiene una audiencia involuntaria al otro lado de la pared.

Hubo una tarde lluviosa de octubre en la que simplemente no toqué por eso. Tenía la partitura abierta en un coro que me encanta, pero me sentía cohibida. Esa timidez de principiante es real. No es que uno toque feo a propósito, es que estamos aprendiendo. Pero desde que descubrí que podía conectar mis audífonos al puerto de 3.5mm que trae el teclado atrás, todo cambió. Es como si el apartamento se expandiera de repente y yo me quedara sola en una burbuja de sonido donde nadie me juzga.
A veces, cuando tengo una entrega pesada de traducción, como me pasó en marzo, uso el piano como un respiro de diez minutos entre párrafos. Sin los audífonos, no podría hacerlo porque a esa hora todo el mundo está trabajando o descansando. Esos audífonos son mi pase de libertad. Si te interesa empezar con algo que no te abrume, yo estoy haciendo el curso de Aprende Piano Desde Cero Con Música Cristiana y me ha servido mucho para esos huequitos de tiempo que tengo como freelance.
La intimidad de la práctica fea
Hay algo que yo llamo la 'práctica fea'. Es cuando te quedas pegada en un solo compás por veinte minutos. Repitiendo. Equivocándote en la misma nota. Volviendo a empezar. Si yo hiciera eso con el volumen abierto, creo que la vecina del 4B ya se habría mudado o me habría mandado una nota por debajo de la puerta. Pienso mucho en eso: 'Si ella supiera que llevo media hora intentando cuadrar el Do mayor de este coro, se mudaría mañana'.
Con los audífonos puestos, me doy permiso de ser mala en el piano. Me atrevo a probar cosas que me darían vergüenza si alguien escuchara. El sonido del Casio se vuelve mucho más íntimo, casi como si estuviera dentro de mi cabeza. Las 64 notas de polifonía máxima que tiene este modelo son más que suficientes para lo que yo toco, y escucharlas directo en los oídos me ayuda a notar detalles que con los parlantes abiertos se pierden en el ruido de la calle o el ventilador.

Para quienes somos un poco perfeccionistas o tímidas, los audífonos son una herramienta de salud mental. Eso sí, hay que tener cuidado. Yo no soy profe de piano ni experta en audición, pero sí te digo que si sientes que te duelen los oídos o te cansas muy rápido, es mejor parar. Siempre es bueno consultar con un profesional si notas alguna molestia, porque uno a veces se emociona y le sube demasiado al volumen sin darse cuenta.
Cuando el silencio revela la mecánica
Una de las cosas más curiosas que me pasó durante varios domingos lentos de junio fue darme cuenta de cómo suena el piano por fuera cuando yo tengo los audífonos puestos. Un día me quité un lado del audífono mientras tocaba y escuché el chasquido seco y plástico de las teclas al bajar. Con el volumen en cero, mi Casio suena como una vieja máquina de escribir sobre la mesa del comedor. Es un recordatorio de que, aunque yo escuche una orquesta celestial, en el mundo real solo hay una mujer hundiendo piezas de plástico.
Ese sonido mecánico es importante. Mis 88 teclas tienen acción de martillo a escala, lo que significa que se sienten pesaditas, como un piano de verdad. Pero ese golpe físico también genera una vibración. He aprendido que incluso con audífonos, no puedo tocar a las dos de la mañana con toda la fuerza del mundo porque el 'clac-clac' de las teclas viaja por las patas de la mesa hacia el suelo. He tenido que organizar mis sesiones de práctica para que esos momentos de más energía sean en horas decentes.

Aun así, la ventaja sigue siendo enorme. Puedo estar ahí, en mi mundo, mientras Cali sigue su ruido afuera, con las busetas pasando por la avenida y la gente hablando. Los audífonos me aíslan de ese caos y me permiten concentrarme en la partitura de mi cancionero. A veces me pierdo tanto que olvido que el cable está ahí conectado.
Un pequeño accidente con el café
Hace un par de semanas me pasó algo muy de principiante. Estaba tan metida en un arreglo de un himno antiguo que me olvidé por completo del mundo exterior. Me dio sed y me levanté rápido por un tinto a la cocina, olvidando que tenía los audífonos puestos. El cable era demasiado corto y sentí el tirón seco en la cabeza. Casi tiro el piano de la mesa porque se alcanzó a deslizar un par de centímetros. El susto fue tremendo.
Desde ese día, trato de dejar el cable con un poquito de holgura. Esos son los gajes de no tener un estudio dedicado y usar la mesa del comedor. También he aprendido que la presión de las almohadillas de los audífonos en mis orejas después de una hora de práctica dominical es mi señal biológica de que ya es hora de parar y volver a la traducción o a descansar. El cuerpo avisa cuando ya fue suficiente de estar encerrada en uno mismo.

Si alguna vez sientes que te bloqueas con el piano, quizás es que necesitas esa privacidad. Yo lo noté mucho cuando intentaba aprender cómo tocar himnos cristianos antiguos con arreglos sencillos. Me daba mucha pena que mi mamá o alguien más escuchara mis primeros intentos tan torpes. Los audífonos fueron mi refugio para equivocarme en paz.
La otra cara: ¿cuándo los audífonos estorban?
Aquí viene algo que he estado pensando mucho y que no siempre te dicen en las tiendas. A veces, los audífonos nos aíslan demasiado. Hay personas que tienen una discapacidad auditiva leve o que simplemente dependen mucho de sentir la vibración real del instrumento en el aire para controlar su fuerza. Cuando te pones audífonos, pierdes esa resonancia natural que llena el cuarto y que te hace sentir 'dentro' del mueble del piano.
Yo he notado que si paso mucho tiempo solo con audífonos, el día que toco con los parlantes abiertos me siento rara. Siento que el sonido se me escapa. Me falta esa conexión táctil con la madera (o el plástico, en mi caso) y el aire. Por eso, trato de balancear. Si es temprano y no hay mucho ruido, prefiero tocar sin nada, para escuchar cómo rebota el sonido en las paredes de mi salita en Versalles. Es otra forma de aprender a escuchar.

Al final, los audífonos no son solo un accesorio para no molestar, sino una herramienta para darnos permiso de ser principiantes. Nos quitan el miedo al juicio externo. Yo sigo aquí, dándole una vez a la semana, con calma. Si tú también estás en esas, buscando un camino que respete tus tiempos y tu fe, te recomiendo darle una mirada a este curso que es el que yo uso. Es sencillo, va al grano y no te pide que seas una experta desde el primer día.
Ya dejó de llover por acá. Voy a guardar el Casio y a cerrar la laptop por hoy. Mañana será otro lunes de traducciones, pero al menos me voy a dormir con un par de melodías nuevas guardadas solo para mí, gracias a ese cablecito que me permite soñar en silencio.